Varios periodistas reflexionan sobre la diversidad de origen y etnia en los medios. Más allá de la eternización de la categoría de migrante, ¿por qué usamos la etiqueta y con qué objetivo? Las voces de los profesionales apuestan por una ampliación de la mirada con más diversidad y compromiso en las redacciones.

Más de medio millón de personas extranjeras residen en Cataluña, según datos del Idescat de 2019 recogidos a partir del padrón. En fuentes estadísticas, podemos encontrar datos sobre orígenes, sexo, edad y porcentajes demográficos por comarcas e incluso respecto a la población total de los países de origen. Aun así, todavía es difícil poder definir una categoría para un colectivo heterogéneo de personas en función de sus diversas situaciones. Y lo más importante, ¿la necesitamos? Hablamos de personas extranjeras, inmigrantes, racializadas, migrantes, descendientes de migrantes y otras muchas definiciones que, en el fondo, nacen de la incapacidad de asumir una sociedad diversa en cuanto a color de piel, rostro o lengua.

En un intento de reflexionar alrededor de la palabra migrante y de hasta cuándo o de qué manera las personas tienen que ser categorizadas o presentadas como tal por parte de los medios de comunicación, varios profesionales del mundo de la comunicación ponen en entredicho la categorización constante de personas con fenotipos diferentes a los de las personas blancas. Los mismos profesionales constatan que, a pesar de que haya información teórica sobre migraciones, racismo y diversidad, continúa la tónica de perspectivas blancas.

En este sentido, Youssef M. Ouled, periodista colaborador de Es Racismo, critica que los grandes medios de comunicación, los mass media, no establecen diferencias entre personas nacidas en otro país y personas racializadas residentes en Catalunya o el Estado Español. “Los medios, como institución, tienen una idea preconfigurada de que las personas que no son blancas no son de aquí, hecho que automáticamente les lleva a hablar de personas migrantes, independientemente de que hayan llevado a cabo un proceso migratorio o no”, añade Ouled. Además, asegura que los medios son creadores de imaginarios sociales y una herramienta de educación social, y por tanto, romper la lógica “ellos/nosotros” debería formar parte del código deontológico”.

Moha Gerehou, periodista de eldiario.es, añade que hay tres escenarios principales en que las personas migrantes o de ascendencia migrante, aparecen en los medios. Por un lado, como víctimas constantes; de fronteras, del hambre o de epidemias. También como verdugos, delincuentes o personas que no aportan nada positivo para la sociedad. “Por último”, añade, “las personas negras aparecemos a los medios cuando somos los primeros en hacer algo positivo, como por ejemplo graduarse en una universidad”. Por eso, añade Gerehou, “estas narrativas esconden la responsabilidad de los medios de comunicación de profundizar en por qué no ha sido hasta el momento que aquellas personas han logrado estos hitos”. En relación a la poca perspectiva de los medios de comunicación respecto al ascensor social, también Susana Ye, periodista y autora del documental Chiñoles y Bananas, cuestiona la poca crítica por parte de los medios de comunicación de las desigualdades sociales que generan carencias de diversidad en las aulas y el mercado laboral y lo vincula a la poca presencia de personas racializadas en las redacciones.

 El debate va más allá del hecho de usar o no la palabra migrante y ataca directamente la concepción de una Catalunya o un Estado Español blanco. Los periodistas consultados coinciden en la necesidad de exigir diversidad en los medios de comunicación, no solo como testigos o víctimas del racismo sino en equipos de producción y en las redacciones. Solo así, según Gerehou, se logrará una diversidad de perspectivas en el trabajo periodístico. “Es fundamental que las personas migrantes y racializadas lleguemos a las redacciones, del mismo modo que el feminismo entiende que las redacciones tomadas por hombres son una lacra, y que las mujeres deben ser presentes, con nosotros es lo mismo. Hay que ampliar la mirada”, argumenta.

 “Y no es solo un tema de incluir personas migrantes o racializadas en las redacciones, debe haber una formación en antirracismo”, considera Gerehou, que aconseja seguir con el ejemplo del feminismo, que ha puesto sobre la mesa la formación para poder informar con perspectiva sobre, entre otros cosas, la violencia machista; “Esta mirada antirracista tiene que existir también en los medios con formación y compromiso. 

Más que el cuándo o el cómo; ¿por qué?

También Beatrice Duodu, reportera del programa Planta Baixa de TV3, reivindica la responsabilidad profesional del periodismo: “hay una necesidad de justificar a las personas que no son blancas haciendo referencia a su origen, el proceso migratorio o incluso el origen de los ascendientes. Hay que dejar de justificar los colores de las personas y los periodistas somos los encargados de explicar que la sociedad es diversa”. Maria Bouabdellah Shaimi, miembro del Canal Malaia, un nuevo espacio mediático de jóvenes youtubers, coincide en la responsabilidad de los medios de comunicación y la caída del imaginario blanco: “solo con personas racializadas presentando un telediario o un programa en prime time, dejarán de preguntarnos cómo es que hablamos tan bien el catalán”. Shaimi critica, además, que la condición de migrante sea hereditaria y se los continúe nombrando de segundas y terceras generaciones, porque “esto es creer que Catalunya es blanca, y no es así”. Lo mismo afirmaba el periodista Alaaddine Azzouzi, entrevistado en Vilaweb hace unas semanas, que asegura que “el racismo mediático es espectacular” y acusa los medios de “deslegitimar la percepción de que puede haber personas catalanas negras, árabes o asiáticas, perpetuando el estereotipo de que la condición de migrante se hereda”.

Las diversas categorías relacionadas con el proceso migratorio o el color de piel han sido a menudo protagonistas de malas praxis y discursos discriminatorios contra personas, justificando la necesidad de una formación en las redacciones. En este sentido, desde 2016, Mèdia.cat trabaja en la recopilación de datos en el Observatorio del discurso discriminatorio en los medios, ofreciendo una radiografía amplia y extensa de discriminaciones en los medios de comunicación.

Un home amb mascareta en la concentració a la plaça de la Font de Tarragona per denunciar el racisme arran de la mort de Geroge Floyd als Estats Units. Foto: Mar Rovira / ACN

Un home amb mascareta en la concentració a la plaça de la Font de Tarragona per denunciar el racisme arran de la mort de Geroge Floyd als Estats Units. Foto: Mar Rovira / ACN

Sobre el uso de la palabra migrante, hay que tener en cuenta varias perspectivas. Por un lado, Susana Ye asegura ser consciente de que nunca dejará de ser una mujer migrante de cara a la población blanca occidental y también para los medios de comunicación. A su vez, abre el debate en relación de si es el binomio autóctono/migrante el único error de base. “La realidad es mucho más compleja”, comenta, “es políticamente correcto que se me tilde de española, pero hacerlo invisibiliza la complejidad de mi identidad y aquí está el problema, a muchas de nosotras el binomio no nos representa”. Tanto Beatrice Doudu como Moha Gerehou, se preguntan cuándo es necesario informar o no de la connotación de migrante, puesto que a menudo, incluso en contextos en que claramente no es relevante que la persona sea migrante, se hace énfasis. 

Por otro lado, Youssef M. Ouled identifica los diversos usos del binomio en función del tipo de información que se expone; “cuando triunfamos somos personas de aquí, sin embargo, cuando se trata de recalcar actos punibles y negativos socialmente somos migrantes. Esta utilización interesada se realiza con el fin de estigmatizar el otro y reafirmar la inocencia y corrección del autóctono.” Ouled asegura que el racismo es precisamente esto, “colocar la diferencia negativa en el otro”, asumiendo como ideal un país creado y construido como blanco y volcar sobre el migrante todo aquello que se rechaza. La perversión llega cuando este migrante tiene éxito y se le asume como autóctono en una muestra de aclarar que “está entre nosotros, le hemos dado un oportunidad y lo hemos acogido”. Esta reflexión de M. Ouled representa situaciones como la de Mamoudu Gassama, un joven residente en Francia que rescató un niño en peligro en una fachada.

De la responsabilidad a la instrumentalización

Varios profesionales consultados, como Susana Ye o Aladdin Azzouzi, aseguran haberse visto abocados a cubrir temas migratorios o sobre racismo. Aun así, los dos reconocen que en un inicio no hubieran pensado en trabajar estos temas. Ye asegura que hay que estar alerta para evitar que se instrumentalice la diversidad del mismo modo que nos tenemos que cuestionar que una persona negra sea la única racializada de un equipo o una redacción. Por su experiencia personal, a pesar de que considera que en un inicio hubo una instrumentalización de su identidad, finalmente ha sido una reapropiación por su parte, muy consciente de su imagen, su presencia y su apellido, al considerar que empezaba a haber un interés por la diáspora china. “Antes tenía mucha reticencia a tratar racismo y migraciones, tenía una necesidad de demostrar que podía ser buena periodista con otros temas”. También Azzouzi recuerda que tenía otras inquietudes antes de reflexionar sobre el papel que jugaba como periodista árabe y a pesar de que ahora considera que puede aportar un punto de vista necesario, reconoce que no es cómodo sentirse voz de un colectivo tan y tan heterogéneo. Por otro lado, Beatrice Doudu valora muy positivamente una experiencia profesional en que se la advirtió que ser negra no implicaría cubrir temas sobre migraciones: “yo no me siento cuota negra en el programa de televisión donde trabajo, pero en todo caso, considero más importante poder ocupar estos espacios mediáticos para trasladar discursos y normalizar esta diversidad real”. 

Susana Ye añadía al final de la entrevista que uno de los enfoques que más le interesan a nivel conceptual es preguntarse “quién no es migrante”, quizás así la categoría perdería valor en sí misma y no habría que escribir sobre la eternización de una etiqueta.

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